En Ramiro no hay reflejo sino, al contrario, carne propia: regocijo por la intimidad desnudada. En este último aspecto se resuelve la lírica genuina de Ramiro Acosta Cerón. Su “espejo se vuelve carne o tuétano del tiempo que no se deja vencer en la quietud del océano”, sino que “flota y, a veces, bracea hacia una luz que solo él conoce. La luz de la belleza”.

